Que el ejercicio físico moderado es bueno para prevenir enfermedades de todo tipo es algo que hoy ya nadie duda. Sin embargo no es tan conocido su eficacia para mejorar la calidad de vida de un enfermo de cáncer.

Las investigaciones sobre el papel del ejercicio en pacientes supervivientes de cáncer son relativamente recientes (1981) y no llamaron la atención de los investigadores hasta mediados de los 90, siendo en el momento actual uno de los focos principales de estudio por los fisiólogos del ejercicio. El cáncer de mama ha sido hasta ahora el tipo de cáncer más investigado en el ámbito del ejercicio . La mayoría de estos estudios han evaluado la influencia de ejercicios que involucran grandes grupos musculares: andar sobre un tapiz rodante o caminar al aire libre y pedalear en bicicleta. Sin embargo, existen pocos datos sobre los posibles efectos del entrenamiento de fuerza (con peso libre o máquinas específicas) a pesar de que el ejercicio de fuerza es considerado como un componente integral de cualquier programa de ejercicio y esencial para contrarrestar la atrofia muscular causada tanto por el tratamiento antitumoral como por el estilo de vida sedentario que suelen adoptar los supervivientes de cáncer. Las investigaciones tratan de comprobar la influencia de estos tipos de ejercicio en parámetros biológicos del paciente oncológico: en el sistema inmunitario, en la capacidad física, en el linfedema, en las enzimas antioxidantes y en la sensación de fatiga, prestando menor atención a parámetros psicosociales. La fatiga, comunmente definida por el paciente como un sentimiento de “falta de energia”, de “cansancio”, se ha considerado como el síntoma con mayor peso en la disminución de la calidad de vida. Por ello, los tests de valoración de la fatiga han sido utilizados para medir la calidad de vida en pacientes oncológicos dejando sin evaluar otras dimensiones tanto físicas como psicosociales que también contribuyen a esa valoración de la salud. No podemos olvidar que la calidad de vida es un fenómeno subjetivo y es el propio paciente quien lo valora. Las percepciones que el paciente tiene de su enfermedad son muy variables y le influyen diversos factores, además de los físicos, a la hora de hacer la estimación de su calidad de vida.

Atendiendo a los resultados de estos estudios, todos demuestran mejoras significativas tras el programa de ejercicio físico en aquellos aspectos evaluados como la capacidad funcional cardiovascular, los componentes del sistema inmune, la depresión, la ansiedad, la autoestima, la satisfacción con la vida y la calidad de vida.

Fuente: Alejandro Lucía Mulas. Doctor en Medicina y Catedrático de la Universidad Europea de Madrid